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CHARLES PERRAULT: Maese Gato o el gato con botas. (Ilustraciones de Gustave Doré) Volver
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Un molinero dejó por toda herencia a sus tres hijos su molino, su asno y su gato. El reparto fue cosa fácil, sin que notario o procurador intervinieran en él, pues se hubieran comido el escaso patrimonio. El hermano mayor se quedó con el molino; el segundo, con el asno y el tercero, solo con el gato. |
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El Gato, que estaba escuchando este razonamiento sin darlo a entender, le habló en tono serio y reposado: «No os aflijáis, mi amo; no tenéis que hacer sino darme un saco y encargarme un par de botas para andar por la maleza, y veréis cómo la parte peor no os ha tocado en suerte». Aunque el dueño del Gato no confiase mucho en él, sin embargo le había visto hacer tantas habilidades e inventar tales ardiles para cazar ratas y ratones, como, por ejemplo, colgarse de las patas o esconderse en la harina haciéndose el muerto, que no dudó de que le ayudaría a salir de su miseria. Cuando el Gato tuvo lo que había pedido, se calzó gallardamente las botas, y echándose el saco al hombro, cogió los cordones con sus dos patas delanteras y se fue a un coto donde había gran cantidad de conejos. Puso salvado y algunas hierbas en el saco, y, tendiéndose como si estuviera muerto, esperó que algún gazapillo, poco experimentado aún en las astucias del mundo, viniera a meterse en su saco para comer lo que en él había puesto. Apenas se hubo echado cuando logró satisfacción: un imprudente gazapo se había metido en el saco, y Maese Gato, tirando de los cordones, lo cogió y lo mató sin compasión. Muy orondo con su presa, encaminóse a Palacio y pidió por hablar al Rey. Le hicieron subir a la habitación del monarca, donde al entrar, hizo una profunda reverencia al Rey, y le dijo: «Aquí os ofrezco, Majestad, un conejo de monte que el señor Marqués de Carabás (era el nombre que se le antojó dar a su amo) me ha encargado os ofrezca de su parte». «Di a tu amo», contestó el Rey, «que le doy las gracias y que su presente me satisface en gran manera». |
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El Gato continuó así, durante dos o tres meses, llevando al Rey, de vez en cuando, piezas cazadas, según decía, por su amo el Marqués. Un día se enteró de que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, que era la Princesa más hermosa del mundo, y dijo a su amo: «Si queréis seguir mis consejos, vuestra fortuna está hecha; no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que yo os indique, y luego dejarme hacer a mí». El Marqués de Carabás hizo lo que su Gato le aconsejaba, sin saber de qué le serviría. Mientras estaba bañándose, acertó a pasar el Rey, y el Gato se puso a gritar con todas sus fuerzas: «¡Socorro, socorro, ahí está el señor Marqués de Carabás que se ahoga!» Al oír los gritos, miró el Rey por la portezuela y reconociendo al Gato que le había traído caza tantas veces, ordenó a sus guardias acudieran en auxilio del señor Marqués de Carabás. Mientras sacaban del río al pobre Marqués, el Gato se acercó a la carroza y dijo al Rey que estando su amo bañándose, unos ladrones le habían quitado sus ropas, a pesar de que él había gritado «¡al ladrón!» con todas sus fuerzas. El muy tuno las había escondido debajo de una enorme piedra. |
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El Rey ordenó en seguida a los oficiales de su guardarropa fueran a buscar uno de sus trajes más hermosos para el señor Marqués de Carabás. Hízole el Rey objeto de todos los halagos, y como el rico vestido que acababan de darle realzaba su buena figura (pues era guapo y buen mozo), la hija del Rey encontróle de su agrado, y apenas el Marqués de Carabás le hubo dirigido dos o tres miradas tiernas, aunque respetuosas, se enamoró locamente de él. |
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El Rey no dejó de preguntar a los trabajadores de quién era el prado cuya hierba cortaban. «Es del señor Marqués de Carabás», contestaron todos a la vez, pues la amenaza del Gato los había atemorizado. «Hermosa heredad tenéis ahí», dijo el Rey al Marqués de Carabás. «Bien lo veis, Señor» respondió el Marqués, «este prado me da todos los años un buen rendimiento». Maese Gato, que iba siempre por delante de la comitiva, encontró a unos segadores, y les dijo: «Buenas gentes que segáis, si no decís que ese trigal pertenece al señor Marqués de Carabás os matarán y os harán picadillo». El Rey, que pasó al cabo de un rato, quiso saber a quién pertenecían aquellos trigales que veía. «Son del señor Marqués de Carabás», contestaron los segadores, y nuevamente el Rey se congratuló de ello con el Marqués. El Gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos los que encontraba; y el Rey estaba asombrado de las inmensas riquezas del señor Marqués de Carabás. Pasado un momento, y viendo el Gato que el Ogro había recobrado ya su primitiva forma, bajó y confesó que se había asustado mucho. «Me han asegurado también», dijo el Gato, «pero eso no puedo creerlo, que poseéis asimismo la facultad de tomar la forma de los más pequeños animales; por ejemplo, de una rata o de un ratón; pero os confieso que eso lo reputo completamente imposible». «Vais a verlo», y acto seguido convirtióse en un ratón que echó a correr por el suelo. No bien el Gato vio al ratón, se arrojó sobre él y se lo comió.
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El Marqués dio la mano a la joven princesa, y siguiendo al Rey que subía al frente de todos, entraron en un gran salón donde estaba servido un espléndido festín. El Ogro lo había mandado preparar para unos amigos que debían ir a verle aquel día, pero que no se habían atrevido a entrar al saber que estaba allí el Rey. Este, encantado de las excelentes cualidades del señor Marqués de Carabás, lo mismo que su hija, que estaba locamente enamorada de él, y viendo las grandes riquezas que poseía, le dijo, después de beber cinco o seis tragos: «Sólo depende de vos, señor Marqués, el que seáis mi yerno». El Marqués, haciendo una profunda reverencia, aceptó el honor que el Rey le otorgaba, y aquel mismo día, se casó con la princesa. El Gato convirtiéndose en un gran señor, y si a veces corría aún detrás de los ratones, era tan sólo para divertirse. |
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